accidentes¿Quién no ha sufrido alguna vez (por desgracia) un pequeño accidente que, a pesar de no provocar ninguna lesión grave, nos causa algún que otro perjuicio?

A modo de ejemplo, una caída en la calle porque está en mal estado, un pequeño (?) golpe con el coche, un traspiés en el autobús por un frenazo…

Mi profesora de la facultad de derecho ponía siempre el ejemplo con unos pantalones vaqueros de marca, que se rompían por culpa de un bache en la acera del que responsabilizaba al ayuntamiento.

Si supiera que ahora se cotizan más nuevos y rotos que sin estar rotos, estoy seguro de que se replantearía su vocación.

En fin, tras estos percances suele habernos ocurrido algo: dolores musculares, torceduras, rotura de gafas o móvil (o los vaqueros).

Afortunadamente y a día de hoy, casi todo el mundo está cubierto por un seguro (aunque ni siquiera lo sepa), sólo hay que conocer que: reclamar la indemnización por daños es un derecho y conocer cómo hacerlo debería ser la práctica común.

No estamos hablando de un sistema americanizado para hacernos ricos a costa de tropezones y caídas más o menos dramáticas (también conozco a alguno/a que es para quitarse el sombrero, como profesional de las reclamaciones), pero tampoco podemos ser los únicos perjudicados por una imprudencia ajena por la que además, resulta que ”estamos cubiertos” por un seguro que pagamos “religiosamente”.

El proceso de reclamación, si se cuenta con un buen asesoramiento (al menos profesional, abogado, asesoria…) suele ser sencillo y bastante económico pero como poco, ya que hemos sufrido el susto y las consiguientes molestias, nos veremos resarcidos con una indemnización que variará en función de las consecuencias.

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